La epilepsia y sus crisis de ausencia, un viaje a ninguna parte

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La epilepsia y sus crisis de ausencia, un viaje a ninguna parte

Cuando pensamos en la epilepsia, lo primero que se nos viene a la cabeza es una persona caída en el suelo con fuertes convulsiones y espuma saliendo por la boca. Principalmente por desconocimiento, ésta es la imagen típica que existe en la sociedad de esta patología. Sin embargo, esta enfermedad tiene muchos más matices. En muchas crisis, los temblores no están presentes, siendo la principal característica la desconexión del paciente, su “ausencia”.

La epilepsia es una enfermedad que conlleva el funcionamiento anómalo de una parte de las neuronas del cerebro, teniendo éstas un exceso de actividad eléctrica. Las crisis pueden ser generalizadas o parciales, dependiendo de a qué parte del cerebro afecten. El síntoma característico son las crisis epilépticas, que aparecen de forma intermitente en los pacientes, y puede conducir al paciente a sufrir convulsiones recurrentes, a perder la consciencia de lo que sucede a su alrededor, pérdidas de conocimiento, trastornos de los sentidos o cambios de humor.

La epilepsia es una enfermedad que afecta a aproximadamente 50 millones de personas en el mundo, hombres y mujeres de muy diversa edad, y es una de las enfermedades neurológicas crónicas más habituales en España.

Algunas de las causas de la epilepsia pueden ser los tumores cerebrales, problemas durante el parto o antes del nacimiento, entre otras. Sin embargo, en muchos casos no es posible identificar la causa. El tratamiento habitual para tratar esta patología son los fármacos antiepilépticos.

La epilepsia y las ausencias

En muchos casos, las crisis epilépticas son crisis de ausencia. Las personas que sufren este tipo de crisis se quedan quietas repentinamente, con cara inexpresiva y no responden a los estímulos externos. Durante este tipo de ausencia el paciente no presenta convulsiones. Cuando termina esa desconexión, el paciente vuelve a retomar la actividad donde la hubiese dejado antes de esta crisis.

Estas ausencias suelen aparecer en niños de entre 4 y 10 años, siento menos frecuente en la adolescencia y rara vez aparece en la edad adulta. Además, es el doble de frecuente que lo sufran las niñas que los niños.

Las ausencias más habituales son las típicas, las atípicas y las crisis parciales complejas. En el primer caso, la persona se “desconecta”, se detiene dejando a medias la tarea que estuviese realizando, se queda quieta durante unos segundos, y cuando finaliza la crisis continúa con la actividad donde la hubiese abandonado. En el segundo caso, las atípicas, el inicio y fin de esa ausencia son menos bruscos, más progresivos y duran más tiempo que en las típicas.

Las crisis parciales complejas son más complicadas. En estos casos, el paciente en ocasiones puede notar que algo le sucede, una sensación extraña que le indica que va a sufrir una ausencia. Estas crisis duran más de un minuto, y los pacientes pueden permanecer inmóviles o moverse de forma totalmente automática. La persona afectada puede realizar acciones sobre las que no tiene control, como frotarse las manos o la ropa, masticar o carraspear, entre otros. Cuando esta crisis se pasa, el paciente puede tardar unos segundos o minutos en recuperarse y volver a ser consciente. Lo más impactante es que, en numerosas ocasiones, quien sufre esta crisis no recuerda qué le ha sucedido, como si ese periodo de tiempo no hubiese existido en su cabeza, como si su mente hubiese hecho un viaje a ninguna parte donde todo es oscuridad.

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